jueves, 17 de abril de 2014

Capítulo 11

  3 Enero
  Hannah


    Me encontraba en la inmensa oscuridad. No había ni una pizca de luz, lo cuál me hacía sentir un tanto perdida. Intenté andar, pero los pies me pesaban como plomo.
    Solté un gruñido y seguí tambaleándome, pero no conseguí mover los pies del suelo, ni arrastrarlos, ni mover los dedos. Nada.
    Mientras intentaba liberarme de la inmovilidad, distinguí un pequeño brillo al fondo, que se acercaba cada vez más, hasta dejar todo el lugar iluminado, lo que me hizo entrecerrar los ojos para poder ver lo que estaba a unos 20 metros de mi: un espejo de pie con bordes dorados, que se curvaban creando figuras parecidas a las olas del mar. El cristal estaba todo cubierto por una espesa capa de polvo y manchas de yo que se que. También tenía rajas por todos lados, dándole una expresión un poco tétrica.
    Intenté andar, porque solo se me ocurría huir en ese momento. La luz empezó a desaparecer por el alrededor del espejo, pero quedó la suficiente para que este aún se pudiera ver entero.
    Me quedé quieta, porque había oído unos pasos por detrás mía. Una persona apareció a unos metros de mi lado y comenzó a caminar hacía el centro de la habitación, hacia el único sitio donde quedaba luz.
    Una chica. Una chica de pelo corto y ondulado es la que se miraba en el espejo. Solo le pude ver las espaldas, ya que el cristal estaba tan sucio que era imposible distinguir el rostro de quién se miraba en el.
    -Ocurrirá dentro de poco.- Oí que decía. Me resultó tan familiar su voz...-Dentro de muy poco.
    -No. ¡No!- era la misma voz, solo que parecía asustada y... Oh, vaya... La chica estaba hablando con su reflejo- No le hagas daño...
    -Si no conseguimos destruirla, puede destruirnos a nosotros junto con la etenua...
    -¡¡No!!- la interrumpió el reflejo- ¡¡No le hagas daño!! ¡¡Despierta!! ¡¡¡DESPIÉRTATE!!!
    Entonces la chica se dio la vuelta, y le vi el rostro. El corazón se me subió a la garganta: estaba viendo a Rin, con una expresión terrorífica.

    Abrí los ojos, sobresaltada. Me encontraba en la cómoda cama de la habitación de los jinetes.

    Resoplé. Solo había sido una pesadilla. Oí que alguien tosía en la cama de al lado. Me incorporé y vi a Rin, que miraba, aburrida, al techo. Cuando se dio cuenta de que yo estaba despierta, me sonrió y se sentó.
    - ¿Qué? -susurró- ¿Tú tampoco puedes dormir?
    - No exactamente. He tenido una pesadilla.
    - Ah. ¿Y que ocurría en ella?
    - Bueno...- no pensaba contarle que había soñado con ella- Pues... no me acuerdo muy bien...
    -Tienes que hacerme alguna pregunta, ¿no?
    ¡Pues claro que tenía que hacerle preguntas! Millones, vamos. Pero solo le pregunté las menos importantes:
    -Rin... ¿Por qué la última vez que me desmayé estaba empapada?¿Y por qué Emily escupió fuego por la boca cuando lo pedí?¿Donde está Andrew? No le harán daño, ¿verdad?
    Mi amiga escuchó atenta, y empezó a contestar, una a una.
    - Estabas empapada porque todo tu cuerpo había empezado a arder, como una antorcha.
    La miré, con la boca abierta, y me imaginé ardiendo.
    - Emi te hizo caso porque, como ya te dije, tu eres una jinete especial, capaz de controlar a todos los etenuaris. Ahora, a Andrew se lo han llevado para interrogarlo, y ya te lo dije, no le harán daño.
    Suspiré, y me tumbé, incómoda.
    - Mmm... tu lo que necesitas en perderte en tus recuerdos, ¿no?- dijo al cabo de un rato Rin
    - ¿Qué? ¿Qué es eso?
    Sonrió y alzó la mano derecha. Estiró el dedo índice señalando al techo, y en unos segundos apareció una llamita que empezó a bailar sobre su yema. Miré fascinada como el fuego empezó a desaparecer en su dedo, y al instante, mi amiga se deshizo en cenizas. Quise gritar, pero yo también me convertí en cenizas. Mientras mi cuerpo de deshacía, conseguí soltar un pequeño gritito.

    Una mano aferraba fuertemente la mía. Miré hacia mi lado derecho. Rin estaba con la vista clavada en mi frente.

    -¿Rin, donde...?- murmuré, temblando.
    -En tu mente.- me interrumpió -Si, en tu mente- añadió, al ver mi pasmo.
    Mis pies no tocaban el suelo: estaba flotando, en una inmensa sala blanca. De repente, enfrente mía apareció una esfera de cristal con una maqueta de una tarta en su interior. Me pareció una de esas bolas que cuando se agitan empieza a nevar en su interior, así que la sacudí con fuerza. En vez de nevar dentro de ella, esta se incendió, y después, también lo hicieron las paredes de la habitación.
    Ahora estábamos en el salón de mi antigua casa. La chimenea estaba encendida y alrededor de una mesa larga estaban sentados muchos niños y niñas de más o menos de siete u ocho años.
    Mi madre entró por una puerta del fondo, con una tarta de chocolate y galletas que llevaba una velita con el número 8.
    Llevó la tarta a un lado de la mesa, enfrente de una niña con el pelo largo y rubio. Sonreí al verme tan contenta.
    Todos los niños empezaron a cantarle cumpleaños feliz a Mi Yo Pasada. Después, Mi Pasado sopló la vela, y todo desapareció, dando lugar a otra escena.
     Ahora Rin y yo nos encontrábamos en mitad de un patio de recreo. Delante nuestra, en un banco, Mi Pasado 10 años estaba sentada en un banco, sujetándose las rodillas. Miraba con los ojos brillantes detrás nuestra, atravesándonos con la mirada. me giré para ver que estaba vigilando: un montón de chicos jugando al Fútbol. Pero Mi Yo Pasada miraba a uno en especial. Un chico con el pelo castaño claro, alto y delgado, que jugaba bastante bien.
    - ¿Quién es ese?- me sobresalté al escuchar a mi amiga, pues ni la recordaba.
    -Ah, él...- murmuré -se llama Steban. Estaba enamorada de él desde los 8 años. Con 12 se hizo mi mejor amigo.
    -Vaya.- rió la chica asiática -¿Crees que Michael también se hará tu mejor amigo?
    -¿Qué?
    -Oh, vamos, Hannah. Se nota mucho que te gusta.
    - ¿Có-cómo...?- pregunté, asustada -¿Cómo lo sabes? ¿Y quién más lo sabe?
    Rin rió por lo bajo, pero no contesto.
    La escena volvió a cambiar. Todo estaba a oscuras, pero una luz iluminaba un poco la habitación. MI habitación.
    La luz venía de debajo del edredón de la cama del centro. Era yo, seguro, porque por las noches me encantaba leer a escondidas de mis padres, con una linterna para alumbrarme.
    De repente volvíamos a estar en el dormitorio para los jinetes.
    -¿Qué ha sido eso?- pregunté.
    -Tus mejores recuerdos.-contestó Rin, y se volvió a dormir. Chrome - Handwriting

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