domingo, 30 de marzo de 2014

Capítulo 10.

  3 de Enero
  Emily

  Miré a ambos lados antes de fijar mi mirada en la gruesa puerta de madera de arce frente a la que me encontraba. Michael, el chico que nos había recibido, me acababa de dejar allí, después de llevar a Hannah y a Rin a su respectivo cuarto.
  Toqué el pomo de metal y respiré hondo. Me sentía como si me encontrase debajo del agua, como si una presión invisible me impidiese pensar con claridad. En menos de dos días mi vida había cambiado radicalmente y no estaba segura de si me gustaba. No estaba segura de nada.
  Y ahí me encontraba, a las puertas de lo que sería mi nuevo hogar, nuevos compañeros, nuevas costumbres. A decir verdad, me aterraba.
  Me armé de valor y giré el pomo con decisión. Ni siquiera me dio tiempo a tirar de la puerta hacia mí para abrirla, cuando una silueta delgada salió del cuarto, tropezando y tirándonos a los dos al suelo.
  -Lo siento -murmuró con nerviosismo el chico-. Lo siento muchísimo.
  Se levantó con una rapidez y una agilidad inusual para un chico de su complexión y me tendió una mano.
  -Soy Leo, etenuaris negro -sonrío con torpeza mientras me ayudaba a levantarme-. ¿Y tú? Eres nueva, ¿verdad?
  Ladeé la cabeza, ligeramente divertida.
  -Sí. Me llamo Emi. Etenuaris verde.
  El chico se pasó una mano por el pelo negro, algo avergonzado.
  -Te puedo enseñar esto. Mmh... -sus pálidas mejillas se tiñeron de rosa- S-solo si quieres.
  No pude evitar soltar una sonora carcajada. Se le notaba a la legua que era un chico tímido y me dio algo de pena.
  -Claro que sí. Te lo agradecería mucho.
  Leo sonrió, algo más seguro de si mismo.
  -Por aquí -señaló la puerta de arce, por donde había salido, y la traspasó seguido por mí.
  La luz de la habitación fue un estallido blanco sobre mi iris, y por un momento no pude ver nada más. Parpadeé, sorprendida. Nos encontrábamos en una espaciosa sala del tamaño de un campo de fútbol, con las paredes recubiertas de verdes enredaderas. Enormes árboles de troncos extraordinariamente gruesos y rugosos se extendían por el lugar, alzándose hasta rozar el techo, que parecía tan inalcanzable como el sol.
  -¿Te gusta? -Leo se había girado hacia mí y me observaba con una media sonrisa.
  -C-claro -murmuré, anonadada.
  El chico de pelo negro miró hacia uno de los árboles que más cerca estaban. En él había unos chicos, más o menos de mi edad, que se tiraban por turnos de una de las ramas más altas, para convertirse en feroces dragones en medio de la caída.
  -Esos son mis compañeros -dijo Leo, al verme observándolos-. Ven, te los presentaré.
  Nos acercamos a ellos y esperamos a que volviesen a precipitarse del árbol.
  -Esos de allí -señaló a un chico y a una chica rubios, casi idénticos, que hablaban pausada y cautamente-, son Jack y Jenny, los mellizos. No los conozco mucho, pero van a la misma clase que yo. Son algo raritos. Etenuaris azules, como sus ojos.
  Ellos miraron hacia nosotros y el chico hizo un extraño moín con las manos, mientras que la chica tiraba de él hacia un árbol, mirándome con terror.
  -No les hagas caso -Leo rió por lo bajo, con la mirada puesta en sus amigos, que se acercaban a nosotros.
  Sonreí como pude, mordiéndome el labio inferior con nerviosismo.
  -¡Leo! -una chica africana de pelo color canela corrió hacia nosotros y me miró, curiosa- ¿Nueva? -preguntó. Al ver que yo asentía, me tendió una mano- Yo soy Rose, etenuaris rosa. Rosa... palo.
  -Emi -su mano era cálida y suave, y estaba cubierta con unos extraños guantes rosas con la misma textura que su piel-. Etenuaris verde.
  Miré por encima de su hombro y vi a Leo hablando con una adolescente de pelo castaño corto, algo desgreñado. Era robusta y miraba al etenuaris negro con un brillo extraño en los ojos. Leo la arrastró hacia mí.
  -Esta es Megan, una etenuaris naranja.
  Megan me estrechó la mano con demasiada fuerza para mi gusto, haciéndome soltar una exclamación de dolor.
  -Encantada, Emily -murmuró, con su voz teñida por el odio.
  Solté su mano de un tirón y me froté la muñeca, manchándome la mano de sangre del mordisco de Annellie.
  -¡¿Qué te ha pasado?! -Rose me miraba con los ojos abiertos como platos.
  -No es nada -susurré con cansancio-. Resultó que nuestra cocinera era una etenuaris y no tenía muy buenas intenciones.
  Leo me puso una mano en el hombro, con el rostro marcado por la preocupación.
  -Ven -me condujo hasta una puerta blanca camuflada entre las enredaderas y la abrió de un tirón. Chrome - Handwriting

1 comentario: