martes, 11 de marzo de 2014

Capítulo 1

    31 diciembre
    Hannah  
    
    Hola.
    Me llamo Hannah y vivo en New York.
    Tengo trece años, y mañana cumplo catorce (¡genial!).
    Me encanta leer, y sobre todo de dragones. Es mi pasión.
    Todas las noches sueño con ellos. Millones de dragones volando en el cielo, siguiendo a un dragón verde con ojos grises y morados (extrañísimo) en el que yo voy subida. Mis padres dicen que tanta fantasía no es buena, y menos sobre dragones; raro, ya que mi madre lo sabe todo sobre ellos, como si hubiera leído mis libros.
    Insólito.
    Bueno, he ido un poco rápido; quiero decir, que debo de contar una historia, una que ha sucedido hoy mismo.
                                                  ...
    Tenía que haber algún hueco, uno para meter el libro.
    -¡Hannah, tenemos que irnos!
    -¡Espera un segundo!
    Tenía que quitar algo de la maleta si quería poder meter el libro de dragones (que ya he leído trece veces).
    Resulta que me voy a mudar a Porvoo, Finlandia, uno de los lugares con más vegetación de todo el mundo, para escapar de la contaminada ciudad.
    Quité el cuadro del dragón verde que veía en mis sueños, y lo sustituí por el libro. Cerré la maleta y bajé corriendo las escaleras.
    La casa estaba exactamente igual que el primer día que entré en ella, vacía y triste. Subí al coche de mi padre, y le lancé una sonrisa a través del espejito delantero. 
    Mi padre era un hombre alto, delgado, con pelo y barba cortos y castaños y ojos verdes como yo. Siempre estaba alegre.
    Mi madre tenía pelo corto y rubio como yo y los ojos azules.
    Cuando arrancaron, me dormí al instante.
    Más tarde, sentí unos brazos tomándome, y luego mi cama mullida.

     Un fuerte brillo me despertó. Abrí los ojos, y vi un espectáculo horrible.
    La casa estaba en llamas. 
    Me puse a gritar, llamando a mis padres desesperadamente.
    -¡¡¡¡Hannah!!!! ¿¡¡¡¡Donde!!!!?
    Aún tenía esperanza, pero las llamas me alcanzaron, y ya no vi nada más.

    Desperté sobre una cama. Todo había sido un sueño.
    Abrí los ojos. ¡Oh, no! Estaba en un hospital, y tenía los brazos llenos de quemaduras.
    Un hombre entro en la sala, vestido con una bata, y dijo tristemente:
    -Señorita Virtanen, siento comunicarle que usted es la única que ha sobrevivido.
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