3 enero
Emily
Todo ocurrió tan rápido que no me dio tiempo a reaccionar.
Sentí una
dolorosa punzada en la nuca y cerré los ojos con fuerza. Una cálida y acogedora
brisa me envolvió y, por primera vez en mucho tiempo, me sentí a gusto.
Pero no duró
demasiado, ya que una ráfaga de ardiente dolor recorriéndome el brazo me
devolvió a la realidad.
El enorme dragón
(Annelli) me incaba los dientes más arriba de la mano. No de la mano... si no
de una zarpa. Me sacudí con violencia, haciendo que me soltase y derribando
unas cuantas mesas.
A mi derecha se
encontraban Andy, Hannah, y Rin. Los dos primeros me miraban asombrados, pero
la chica asiática me sonreía, orgullosa. Estaban rodeados por una cúpula
transparente, un poco rojiza, que os protegía del fuego.
Entonces o entendí
todo. Me había transformada en un dragón. "Tú, Emi, eres una etenuaris
verde" había dicho Rin. "Para vosotras, una mitad dragón."
Ahora sabía
perfectamente lo que tenía que hacer; le enseñé los colmillos al dragón
y me abalancé sobre él. Le mordí el hombro y rugió de dolor, haciendo
vibrar los cristales.
Se abalanzó sobre mí y caímos
al suelo. Sentí una mesa astillarse en mi espalda, produciendo un gran crujido.
Clavé mis garras en la ala derecha de Annellie y tiré con fuerza,
desgarrándola. Gruñó de dolor, se levantó y calló del edificio, formando
un gran agujero en la pared.
Todavía tumbada en el
suelo, volví a sentir una punzada en la cabeza y, unos segundos después, era yo
de nuevo, rodeada de llamas.
Andy vino hacia mí y
me ayudó a levantarme.
-¡Emi! ¡Ha sido
genial! -dijo Rin, al llegar corriendo, sorprendida-. Pero ahora tenemos que
salir de aquí. No podemos quedarnos charlando mientras el edificio se nos cae
encima.
-Pero... - balbuceé,
débil-. ¿Y todos los huérfanos que siguen vivos pero están atrapados?
Una viga ardiendo
empezó a desprenderse, pero la cúpula la paró, titilando levemente. Rin cayó de
rodillas, jadeando.
-No creo que quede
ninguno vivo y, de todas maneras, no podré mantenerla mucho más -señaló la capa
rojiza que nos rodeaba.
Hannah la sujetó y nos
acercamos a la pared destrozada, por la que se vislumbraba un denso
bosque.
Rin me miró. Una
gotita de sudor le resbalaba por la frente.
-Ahora, transfórmate
de nuevo.
Parpadeé.
-¿Qué? -pregunté,
sorprendida.
-De alguna manera
tendremos que salir de aquí, ¿no? -dijo, elevando una ceja.
-¿Quieres que vuele?
¿¡Estás loca?! -pregunté, incrédula.
-Hazlo, rápido.
La asiática me
escudriñaba, muy seria, rogándome que emprendiese el vuelo sin pensármelo más.
Suspiré y cerré y los ojos, intentando apaciguar los acelerados latidos de mi
corazón.
Al momento sentí el
familiar dolor en la nuca y, al abrir los ojos, volvía a ser un dragón verde
esmeralda.
Sentí que mis tres
amigos se me subían a la espalda.
-¡Vamos! -gritó Rin-.
¡Vuela!
"No puedo"
dije, desesperada, pero de mi boca solo salió un rugido.
Noté que una mano me
daba palmaditas en la espalda.
-¡Sí que puedes! -oí
vociferar a Hannah; me quedé estupefacta, ¿me había entendido?
-¡Vamos, Emily! Solo
bate las alas -me apremió Rin.
Apreté los párpados y
me lancé al vacío. Extendí las alas y la caída se frenó de golpe. Las batí con
fuerza, impulsándome hacia delante. Abrí los ojos. Estaba planeando sobre los
árboles, sintiendo el aire azotarme el rostro. Era una sensación genial.
"¿A dónde
vamos?" rugí.
-Rin, ¿a dónde vamos?
-preguntó Hannah.
-Solo nos internaremos
algo más en el bosque, hasta que yo diga de bajar -contestó la chica asiática.
Seguimos adelante
hacia el centro de la espesura y yo empecé a sentirme exhausta. Sentía los
miembros entumecidos y, cada movimiento de alas, me producía una punzada de
dolor en la espalda.
-¡Baja, Emi! -gritó
Rin.
Aliviada, empecé a
descender. Entonces me dí cuenta de una cosa: no tenía ni idea de como
aterrizar. Bajé más, atravesando las copas de los árboles, cuyas ramas me
arañaron al pasar.
Ya estaba
bastante cerca del suelo.
-¿¡Qué haces?! -dijo
Hannah, una pizca de temor teñía su voz.
"Saltad",
gruñí.
-¿Qué? -murmuró,
desconcertada.
"¡Qué saltéis!
¡Ya!"
-¡Saltad! -ordenó.
Dejé de sentir sus
pesos en mi espalda e inmovilicé las alas contra mi cuerpo. Me concentré en mi
aspecto habitual y empecé a sentirme más ligera.
Un brusco golpe en el
costado me avisó de que volvía a estar en tierra. Me dolía todo.
Conseguí ponerme en
pie con dificultad y me tambaleé en la dirección en la que había venido.
-¡Andy! -grité,
desesperada-. ¡Hannah! ¡Rin!
Escuché unas pisadas
sobre las hojas secas.
-¿¡Hola!? -exclamé, a
penas sin fuerza.
Se me doblaron las
rodillas y entreví a alguien corriendo hacia mí. Caí sobre la tierra húmeda,
agotada. Noté unas manos que me agarraban de los hombros y me daban la vuelta.
Arrodillados a mi lado estaban mis tres compañeros. Hannah seguía aferrándome
los hombros con fuerza, como si temiese que me fuera a escapar.
-¿Estás bien?
-preguntó.
Me incorporé con
dificultad hasta quedar sentada y apoyé la espalda contra un árbol.
-Sí -contesté
secamente.
Andrew me miró con el
ceño fruncido.
-Pues no lo pareces
-me pasó un dedo por el pómulo y lo retiró manchado de sangre.
-Solo es un rasguño,
-me encogí de hombros-. Vosotros también tenéis unos cuantos.
Era cierto, Hannah
tenía los brazos llenos de arañazos y el pelo cubierto de hojas secas, mientras
que Andy tenía la cara llena de tierra y un corte superficial en la frente.
Rin, sin embargo, se agarraba el brazo con una mueca de dolor y le estaba
saliendo un buen moratón en la mejilla.
Hannah cogió mi brazo
izquierdo con brusquedad. Apreté los dientes, intentando no gritar de dolor.
-¿Y esto? -me subió la
manga-. ¿Solo un rasguño?
-Ah, ya, -dije,
intentando quitarle importancia-. Madame Annellie me mordió, tampoco es para
tanto...
Las marcas de los
dientes eran profundas y la camiseta se me pegaba al brazo por la sangre seca.
-No seas estúpida,
-intervino Rin, enfadada-. Podría infectarse. Además, todavía te sangra.
Tenemos que llegar rápido a la escuela.
-¿A la escuela?
-preguntó Andy irritado.
-Una escuela para
medio dragones y sus jinetes -respondió Rin.
-¿Una escuela para
dragones en medio del bosque? -la interrumpí-. Seguro que sobresale de los
árboles. Alguien tendría que haberla visto.
-No entre los árboles
-contestó enigmáticamente-. Si no bajo ellos.
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