Hannah
-Vamos, Hannah, es hora de levantarse.
-Cinco minutos más...
Mi madre me siguió diciendo que me levantase, pero yo no le hice caso. Había tenido un sueño de lo más raro: era una chica que controlaba a los dragones, en una escuela donde había un chico que estaba bastante bueno, y muchos chicos que se podían transformar en dragones.
Abrí parpadeando un ojo, y me lleve una gran decepción al ver a Rin mirándome desde arriba, con el ceño fruncido.
-Por fin te despiertas -protestó.
Me incorporé hasta estar sentada. Por primera vez desde la muerte de mis padres, me entraron ganas de llorar. De repente eché de menos a mi madre, y me di cuenta de que con tantas emociones del día anterior, ni siquiera me había dado cuenta de que nunca más volvería a ver a mis padres. Los ojos se me llenaron de lágrimas, pero parpadeé para espantarlas, pues no quería parecer débil delante de mi amiga.
-¿Qué... -bostecé- hora es?
-Las ocho en punto. Y los entrenamientos empiezan a las ocho y media. Corre -sonrió sarcásticamente-, eres la única que queda.
Era verdad. El resto de las personas de la sala ya estaba haciendo sus camas, ya vestidos y peinados.
Me levanté de un salto y me metí en el baño, una puerta al fondo del cuarto. Me lavé la cara y me peiné con un cepillo que había al lado del lavabo. Me hice una cola caballo un poco improvisada con una pulsera de goma que llevaba puesta en la muñeca, que, en verdad, era muy raro que no se hubiera quemado en el incendio.
La ropa que tenía estaba sucia, quemada por algunos lados, y olía a pescado podrido. estaba claro que no podía llegar a entrenar con eso. El problema era que no sabía que ponerme. Me giré y vi a Rin apoyada en el marco de la puerta, y como si me hubiese leído la mente, me dijo:
-Tienes ropa nueva e el cajón de tu mesita de noche.
Arqueé las cejas y corrí hasta mi cama. A su lado había una mesita de madera que me llegaba por las rodillas. Se sostenía a cuatro patas, las cuales se curvaban al final, dejando la parte de abajo plana. Tenía dos cajones, uno encima del otro. Abrí el de arriba, donde tenía ropa interior limpia y bien doblada, incluyendo calcetines bastante coloridos para mi gusto. En el de abajo, efectivamente, había tanto camisetas como pantalones. Lo más raro era que... que era la ropa que yo tenía antes. Me volvieron a escocer los ojos, pero esta vez, no reprimí las lágrimas.
Rin me guió hasta la sala de entrenamientos, aunque tampoco me hacía mucha falta, pues yo ya había entrado allí antes. La verdad, no sé para que la llamaban "sala", ya que no había ningún techo que la cubriera. El cielo gris y frío del invierno se cernía sobre mi cabeza. Una vez más, Rin vio en mi expresión lo que estaba pensando:
-Eso es solo una ilusión fabricada por el director. -Señaló al cielo- ¿No recuerdas que estamos bajo tierra?
Me sentí bastante estúpida al no haberme dado cuenta, pero intenté que no se notara.
Entonces recordé lo de aquella noche.
-Ah, Rin. Se me olvidó darte las gracias por lo de anoche -le dije a la chica asiática-. Gracias a ti conseguí volver a dormir.
Ella me miró, confundida:
-¿Gracias? Pero si anoche no me desperté en ningún momento...
Me sorprendí bastante. justo cuando iba a decirle lo que hizo ayer, lo de perderse en "mis recuerdos", oí detrás mía una voz masculina bastante familiar:
-Todos los nuevos, en fila, ya -dijo-. Tanto jinetes como etenuaris.
Me gire, y no pude evitar sonreír al ver a Michael. Esa mañana llevaba una camiseta sin mangas blanca y unos pantalones de deporte negros. Tenía el pelo de color canela desordenado, y, en verdad, me gustaba mucho más así que peinado. Tenía el semblante serio, pero hablaba de forma juguetona, coma la primera vez que le vi. Justo cuando le iba a saludar, miró un poco más a mi derecha y sonrió de oreja a oreja.
Giré la cabeza y me di cuenta de que Michael miraba a Emily, que estaba hablando con otros chicos que seguramente fuesen etenuaris que compartían habitación con ella.
-Ahora que lo pienso -dijo Rin-. Aún no te he presentado a nadie de nuestra habitación, ¿no?
Me sentí bastante agradecida con ella por querer ayudarme a hacer amigos, así que esbocé una sonrisa y seguí a Rin para colocarnos en la fila que habían hecho los jinetes nuevos, supuse.
-Bien -me susurro mi amiga-.Yo me tengo que ir, porque no soy nueva, pero buena suerte. -Se despidió con la mano y salió corriendo del lugar.
Ahora si que me había perdido. No teía ni idea de que hacer. Hasta ese momento, Rin me había estado acompañando y diciéndome que hacer, pero ahora no tenía ni la menor idea de que me tocaba hacer.
Estaba tan ensimismada pensando en que iba a hacer el ridículo hasta que oí a Michael dar una orden. No le entendí, pero supe que había dicho al ver que todos los etenuaris se separaban de la fila y hacían otra justo enfrente de los jinetes. Busqué a Emily con la mirada, y la encontré muy a la izquierda. Entonces me dí cuenta de que tenía el brazo donde Annellie le había mordido vnadado, y me pregunté si eso le haría fallar en la prueba. La etenuaris estaba entre un chico de mi estatura con el pelo blanco azulado, seguramente el color de su forma "dragonil", y una chica negra con unos extraños guantes rosa palo.
Enfrente mía había un niño de unos nueve años, bastante normalito, hasta que me dí cuenta de que una mecha parecida a la de Emily, pero azul marino, le caía por el hombro, como si se hubiese cortado todo el pelo menos ese mechón.
Seguí mirando a todos los etenuaris, intentando averiguar de que color eran sus otras formas hasta que la voz de Michael resonó por toda la sala de entrenamientos:
-Bien. Hola a todos. -Empezó a camiar con las manos en la espalda por enfrente nuestra, mirándonos, como si intentase meterse en nuestras cabezas para averiguar porque estábamos allí-. Para los que aún no lo sepan, mi nombre es Michael. No quiero que me llaméis ni entrenador, ni profesor, ni jefe ni nada de eso. Michael. ¿Entendido? -llegó al final de las filas y se giró. Sin esperar respuestas, continuó- No quiero aburriros, así que no penséis que os voy a dar un discurso de esos, pero dejarme deciros unas cosas -se paró justo enfrente mía, en el centro de las dos filas, pero siguió mirándonos a todos-: durante estos meses que vais a estar aquí, entrenaréis, a veces duramente, y a veces no. Yo os ayudaré en todo momento, y si necesitáis ayuda, podéis acudir o a mi, o a alguien que este en un curso más alto. Esta escuela también tiene sus reglas, pero yo no soy el que os las va a decir. Bueno, yo también soy un chico, y esas cosas me parecen tan aburridas como a vosotros -sonrió y ya no me pareció tan duro-, pero el director os las dirá, y debéis cumplirlas. Y ahora, empezaremos con el entrenamiento.
Se me revolvió el estómago. ¿Qué prueba nos pondría? ¿Y sí la hacía tan mal que me echaban?
-Bien -repitió Michael-. No os pongáis nerviosos. Lo que vais a hacer es muy fácil. -Nos miró a los jinetes- Vosotros iréis, de uno en uno ordenando a los etenuaris que se transformen por orden, según yo os nombre. El que os haga caso... -se giró hacía los etenuaris- y vosotros sabréis si hay que hacerle caso... -volvió a girarse- será vuestro compañero durante todo el curso. Y si ninguno os hace caso significará que debéis de tener un dragón normal. ¡Comencemos!
Ahora si que me había puesto nerviosa. Sentía que iba a vomitar... ¿Y sí ninguno de los etenuaris me hacía caso? Tampoco me hacía mucha gracia lo de tener un dragón normal, que no pensaba como una persona y que podía comerme de un solo bocado si quería.
Los jinetes empezaron a ir andando, según los nombraba Michael, hacia los etenuaris.
La mayoría de los que habían salido habían conseguido que su etenuaris se transformara bastante pronto. Otros no tuvieron tanta suerte y no consiguieron que ninguno se transformase.
Conseguí enterarme de los resultados de los cinco anteriores a mi: un chico llamado Fred hizo transformarse al niño de nueve años, que se llamaba Oliver. Una chica, una tal Trina, se quedó con un chico negro con el pelo corto y rizado, Matt. Otra que aparentaba tener mi edad se quedó sin etenuaris, y me hizo sentirme mal por ella. Un chico con el pelo negro y de punta que se llamaba William terminó con una chica rubia con los ojos de un extraño rosa fucsia, que se llamaba Elia. El jinete que estaba a mi lado también acabo sin etenuaris.
-¡Hannah Virtanen!
Se me subió el corazón a la garganta, pero caminé con paso firme hacia la fila de etenuaris. Ya no quedaban muchos...
Tragué saliva y le ordené al primero. No se movió. Me pasó lo mismo con el primero, el segundo, el tercero... Y llegué a Emily.
-Transformate -le susurré.
Abrió los ojos como platos y tensó todos los músculos, y empezó a convertirse en un dragón verde esmeralda.